LA MISIOLOGIA DE LA IGLESIA DE DIOS DEL PERU: UNA PERSPECTIVA  HISTORICA.

 

 

 

PONENCIA DE INGRESO PRESENTADA ANTE LA FRATERNIDAD TEOLOGICA LATINOAMERICANA – NUCLEO PERU

 

 

POR: JUAN A. FONSECA ARIZA

 

 

 

 

 

LIMA, OCTUBRE DE 1997

 

 

 

 

 

 

INTRODUCCION

 

 

 

El movimiento pentecostal latinoamericano, la fuerza más vigorosa del protestantismo en nuestro continente, está recientemente revalorizando sus raíces, particularidades y contribuciones. En este proceso, el reencuentro con su historia se constituye en el elemento principal de su identidad. Así, los participantes del Encuentro Pentecostal Latinoamericano afirman:

 

Como parte de un proceso de búsqueda de identidad y de lo autóctono en Latinoamérica, creemos indispensable fortalecer aquellos esfuerzos de recuperación y apropiación de nuestras raíces históricas, tanto en cada uno de nuestros países como en el sub – continente. Esto nos permitirá comprender cuál es nuestro papel como colaboradores en la misión de Dios por la redención y la plenitud de todo varón y de toda mujer, y de toda la creación[1].

 

La historia cumple su papel al retornar al pasado para proyectarse al futuro. Así, como varios autores lo han planteado, la reflexión misiológica se nutre de la Historia pues la Iglesia hace la misión históricamente[2]. Felizmente, como lo demuestra nuestra primera cita, el protestantismo, y con ello pentecostalismo, crecientemente está recuperando esta perspectiva.

 

Así, considerando lo anterior, pretendemos en nuestro trabajo hacer un análisis de la misiología de la Iglesia de Dios del Perú, expresión nacional de una denominación pentecostal mundial con sede en los E.E.U.U. (Church of God, Cleveland – Tennessee) y en cuyos orígenes e historia combina peculiarmente elementos del movimiento de santidad y del pentecostalismo. Como parte de su cuerpo ministerial, nos sentimos identificados con ella. De allí que la búsqueda de nuestra identidad denominacional como una forma particular de ser pentecostal, está entre los objetivos principales de nuestro trabajo. Asimismo, el análisis de su misiología nos preocupa por un motivo esencialmente práctico: buscar alternativas creativas y originales de trabajo misionero para la denominación en la coyuntura presente.

 

Parte de lo que vamos ha escribir ha sido vivido directa e indirectamente por nosotros. Ello puede ser una ventaja en tanto hemos sido, antropológicamente hablando, “observadores participantes”; sin embargo, existe también la limitación de no lograr una completa objetividad en la evaluación de algunos aspectos. Es una dificultad que la advertimos desde el inicio, aunque procuraremos siempre ser lo más objetivos posible.

 

Por las limitaciones de tiempo y recursos, así como por la propia naturaleza a la que esta ponencia corresponde, ésta es presentada a modo de un avance de investigación que esperamos profundizar posteriormente. Por su naturaleza introductoria, solo analizaremos brevemente los principales elementos que una investigación sobre la misiología de la Iglesia de Dios (en adelante ID) debe tener en cuenta.

 

El trabajo tendrá dos secciones principales. En la primera haremos una recapitulación histórica de las etapas por las que la Iglesia de Dios a atravesado. En la segunda parte presentamos las principales categorías útiles par interpretar las particularidades  de la misiología de la Iglesia de Dios (organización, zonas de desarrollo, personajes, métodos de crecimiento, nexos con el extranjero, doctrina). Finalmente, luego de presentar nuestras conclusiones, incluiremos un apéndice con algunos datos importantes sobre la denominación.

 

Para  reunir e interpretar la información hemos consultado a parte de bibliografía  que sobre el pentecostalismo peruano existe, así como algunas historias de la misión en el Perú. Entre las fuentes primarias hemos revisado a los libros de actas de la denominación, documentos oficiales, revistas y anuarios antiguos, escritos inéditos  y documentación diversa. Finalmente, una fuente indispensable ha sido los valiosos testimonios de aquellos personajes  cuya antigüedad, protagonismo y credibilidad constituyen elementos de incalculable valor  para la elaboración de la historia de la denominación y del pentecostalismo en general.

 

Con todas las limitaciones y defectos posibles, esperamos que esta monografía contribuya de alguna manera a la recuperación e interpretación de nuestra historia evangélica y del quehacer misionero de la Iglesia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PRIMERA PARTE

LAS ETAPAS DEL DESARROLLO HISTÓRICO DE LA IGLESIA DE DIOS

 

1.                  EL PERIODO PRECURSOR (1945 – 1953)

 

Hacia 1945, gracias a una información del misionero pentecostal Arturo Erickson, el entonces Superintendente para Latinoamérica de la Church of God (Cleveland, Tennessee), Vessie D. Hargrave, de paso por Lima en un viaje a la Argentina, se contactó con Hipólito Astete, pastor de las  Asambleas de Dios del Perú  (en adelante AD)[3]. Astete hizo conocer a Hargrave su congregación y a los alumnos del Instituto Bíblico de su denominación entre los que se encontraba Carlos Landeo. A este último, Hargrave le encargó la distribución de la revista El Evangelio en el país.

 

Dos años después, en 1947, Hargrave regresó al Perú y se contactó con Antonio Gálvez, pastor de la Iglesia Pentecostal del Perú (conocida como “La Avanzada” y que después tomará el nombre de la Iglesia Evangélica Pentecostal Misionera) en Lince. Puesto que esta denominación acababa de formarse el año anterior por una escisión de las A. D., el ostracismo que sufrían por parte de las otras denominaciones del país hizo que personas como Gálvez se mostraran interesadas en establecer nexos con una organización mundial como la Church of God, que a su vez buscaba expandirse. Ese año, Hipólito Astete y Eliseo Muñoz quedaron como los primeros miembros de la Iglesia de Dios del Perú. Los viajes de Hargrave  fueron informados positivamente por la revista interdenominacional Siembra y Siega en un reportaje de la Iglesia Evangélica Pentecostal Misionera (IEPM)[4].

 

En su tercera visita, Hargrave, el año 1948, recibió a las primeras congregaciones de la Iglesia de Dios del Perú. Antonio Gálvez, luego de retirarse con parte de la congregación de Lince de la IEPM, formó la primera iglesia de la IDP en el mismo distrito limeño con 30 miembros. Simultáneamente, en Chaglla (selva de Huánuco), Roberto Fuster, pastor de unas congregaciones independientes, también se afilió a la IDP. Gálvez  quedó como representante de la IDP administrando las entregas de literatura de la denominación y el aporte económico que se enviaba. Sin embargo, la prematura muerte de Fuster ocasionó que se perdieran todos los contactos con las iglesias huanuqueñas y que Gálvez se  quedará casi sólo[5].

 

Ante esa precaria situación, la misión norteamericana decide enviar al misionero canadiense Arturo Erickson. Este, desde 1921, había sido miembro de las AD; sin embargo, por desavenencias con algunos líderes de su misión en el Perú, se retiró en 1944 y se unió a la Church of God. Su amplia experiencia misionera en el Perú le facilitó su designación como el primer Supervisor de la IDP aún en formación[6].

 

Erickson, tratando de cumplir cabalmente su labor misionera, se dedicó a visitar aquellas regiones del país donde había congregaciones deseosas de afiliarse a la IDP. Así, las congregaciones del llamado Norte Chico (Barranca, Pativilca, Supe, Paramonga), dirigidas por el joven obrero Juan Urbano, y que pertenecían a la IEPM, decidieron integrarse a la IDP. Lo mismo ocurrió en Chimbote, donde las congregaciones dirigidas por Ponciano Vigo (Santa, Chimbote, Casma, San Jacinto), también de la IEPM, se afiliaron a la IDP. Las gestiones de Erickson también se extendieron a la sierra ancashina  para lo cual se dirigió a Huaraz y conversó con el misionero Howard Cragin quien se había separado de las A.D. en 1943 y fundado la Iglesia Evangélica Pentecostal Independiente; sin embargo, Cragin no aceptó la invitación. Posteriormente, en 1952, algunas de las congregaciones fundadas bajo la supervisión de Cragin se afiliaron a la IDP (Chingas, Pomabamba)[7].

 

Sin embargo, Erickson también promovió el trabajo en zonas ausentes de las iglesias evangélicas. Así, juntamente con su yerno Santiago Silva, fundó las congregaciones en Corpanqui y Gorgorillo (sierra sur de Ancash). En Lima mientras tanto, gracias al apoyo de algunas jóvenes estudiantes del Instituto Bíblico de las AD, continuó manteniendo la congregación de Lince[8].

 

No obstante, la acción más importante de la administración de Erickson fue la  fundación y constitución legal de la IDP. Eso ocurrió el 5 de julio de 1952 en el templo de Lince. En el Acta de Constitución se aprobaron los Estatutos de la IDP y se eligió a la  primera Junta Directiva oficial[9].

 

Hacia 1954 ya podemos considerar que el periodo precursor culmina pues las principales bases para el desarrollo de la IDP ya estaban puestas. En ese año, personajes importantes en el futuro de la denominación ya entrarán a formar parte del ministerio activo (Juan Urbano, Juan Alzamora, Víctor Alvarez, Luis Ruiz) desplazando progresivamente aquellos obreros como Antonio Gálvez, Ademar Corcuera y otros quienes, en muchos casos, retornaron a sus denominaciones de origen.

 

Como vemos, para abordar el tema de los orígenes de la IDP, podemos considerar dos perspectivas:

 

a.      Externa: A partir de los esfuerzos de la Misión de la Church of God (Cleveland – E.E.U.U.) y C. H. Ingram (1940) que mostraron cierto interés para establecer obras en el país, es recién con las breves visitas de Vessie D. Hargrave cuando la misión norteamericana logra contactos efectivos con los elementos nacionales y puede así establecer definitivamente. Así, consideramos que el trabajo de Hargrave es principalmente de enlace y no  precisamente fundacional.

 

b.      Interna: Desde el trabajo y ministerio de  aquellos primeros grupos nacionales mencionados anteriormente. Estos miembros primigenios, procedentes de las nacientes congregaciones pentecostales del momento (IEPM, A. D., Iglesia de Cristo, Iglesia Pentecostal Independiente), serán quienes tomarán contacto con la misión norteamericana para formar la base de la IDP. Consideramos que el auténtico esfuerzo misionero directo fue realizado por ellos.

 

Combinando ambas respectivas podemos afirmar que la IDP es el resultado de la conjunción de esfuerzos entre la misión norteamericana y los grupos nacionales. Creemos que sería algo injusto atribuir a una sola persona el mérito de fundar la IDP.

 

 

2.                  FORMACION Y CONSOLIDACION DE LAS BASES (1954 – 1967)

 

En el año 1954 llega al Perú el segundo Supervisor de la IDP: Eugene French. A pesar de los numerosos esfuerzos de Erickson, la IDP, al arribo de French, era aun muy pequeña. Inmediatamente después de su llegada a consecuencia del elevado déficit financiero dejado por la administración anterior, tuvo que recortar el presupuesto para la ayuda de obreros y vender algunas propiedades en San Isidro (Urb. Jardín y Golf Club), distrito residencial de Lima. Esto ocasionó la defección de muchos de los primeros obreros y miembros de la IDP quienes mayoritariamente retornaron a sus iglesias[10]. Así, la congregación de Lince tuvo también que cerrar sus puertas y trasladar los pocos miembros al grupo de Juan Alzamora dirigía hace poco tiempo en Giribaldi (La Victoria).

 

No obstante, en 1955, en la ciudad de Pativilca, la IDP organizó su primera Convención Nacional a la que acudieron delegados de las zonas donde la denominación tenía obras: Chimbote, Norte Chico, Lima, Chingas, Chiquián, Cochabamba y Piscobamba. Allí también, atraídos por la literatura de la IDP que circulaba por la región, algunos pastores del Callejón de Huaylas pertenecientes a la Iglesia de Cristo (denominación salida de las A.D. en 1936), se presentaron con las intenciones de analizar la posibilidad de afiliarse a la IDP[11]. Entre ellos estaban: Juan Villanca, Francisco Quijano, José Melgarejo, Demetrio León, Víctor Huertas, José Villegas y algunos más. Aunque inicialmente el Supervisor no se mostró interesado en el asunto, finalmente, ante la insistencia del grupo, ascendió a visitarlos a Yungay el año siguiente. Allí, luego de explicarles la organización y las enseñanzas de la IDP, las congregaciones de Yungay, en el año 1956 se integraron a la denominación.

 

En el año 1957 asumió la dirección de la obra el primer obrero nacional: Juan Alzamora. Este interesante personaje, inicialmente miembro de la IEPM, se afilió a la IDP en 1950 con las expectativas de alcanzar una de las becas que la misión  norteamericana ofrecía para preparar obreros en el Instituto Preparatorio Internacional de Texas. Tres años después regresó al Perú luego de haberse casado con una norteamericana y asumió el pastorado en la congregación de Lince que luego se trasladó a la Victoria. En 1956 retornó a los EEUU y allí, el año siguiente, recibió el nombramiento como Supervisor de la IDP[12]. Consideremos que con el trabajo de Alzamora, se consolidaron definitivamente las bases sobre las que la IDP se desarrollará en el futuro.

 

El mismo año de su arribo, Alzamora inauguró el Instituto Bíblico de la IDP en el segundo piso de su casa en Lince con un total de 10 alumnos. El año 1958 alquiló una propiedad en Chaclacayo donde estableció las oficinas centrales de la organización y el Instituto Bíblico. A pesar de las dificultades económicas causadas por la cautela de la misión norteamericana para darle fondos, pudo solventar sus gastos con el aporte económico nacional[13]. Los primeros estudiantes, ya formados bajo los moldes y la tradición de la IDP. Aún así, es interesante notar que entre el alumnado y la plana docente había personas de otras denominaciones (A.D., IEPM).

 

La labor educacional en este periodo se vio consolidada cuando en 1963 se adquirió la propiedad en Zapallal (Puente Piedra) para el local del IBG (Instituto Bíblico Gamaliel). A pesar de la amplitud del terreno, es de notar que su ubicación no es la más adecuada por estar alejado y aislado del centro de la ciudad. Esta característica también se presenta en la mayoría de los templos de la denominación ubicados generalmente en zonas aisladas y marginales de las ciudades.

 

Durante este periodo el proceso de extensión de la obra se vio intensificado. La mayoría de las congregaciones principales que hasta hoy existen tuvieron su origen en este periodo. En 1958, los distritos (unidad administrativa que agrupa a varias congregaciones ubicadas en un espacio geográfico común) existentes eran: Lima, Pativilca (Lima), Chimbote, Yungay, Huacaybamba, Chingas y Chiquián (Ancash) y Pucallpa (Ucayali). Igualmente, las principales congregaciones de Lima aparecieron en esos años (San Martín de Porres, Villa María, La Flor, Tupac Amaru, Ermitaño, Collique y Pamplona) para agregarse a la única existente (La Victoria). Finalmente, también se hicieron algunos contactos con iglesias que deseaban afiliarse a la IDP aunque no se concretaron (Huánuco y Cerro de Pasco)[14].

 

En el trabajo son sectores especializados de la iglesia, en 1959 se eligió el primer Director Juvenil territorial (Silvio Vigo). En 1962 se analizó el primer campamento juvenil en el templo de la Victoria con la asistencia de Josué Rubio, dirigente juvenil latinoamericano de la ID. Desde 1965, el departamento juvenil trabajó bajo un comité directivo cuyos primeros integrantes fueron: Silvio Vigo, Lorenzo Burga, Juan Fonseca y Alfonso Gómez. Fue la época de la consolidación de las Escuelas Dominicales y de la aparición de las Escuelas Bíblicas de Vacaciones para el trabajo con el sector infantil de la iglesia.

 

Aunque aun no se organizaba el trabajo con el sector femenino, es importante verificar el hecho de que en periodos tan tempranos como la década del 50, ya había mujeres que ejercían responsabilidades pastorales (Isabel de Espinosa en Chaccho, Lila Arce en Machac). Podríamos afirmar que, en general, las mujeres han tenido mayores oportunidades en la IDP frente a la experiencia de otras denominaciones, aunque el machismo tampoco ha estado ausente[15].

 

Así, consideramos que el periodo 1954 – 1967 fue en el cual la IDP adquirió una identidad propia a partir de la herencia recibida de su origen norteamericano (una combinación de la tradición del movimiento de santidad con la del pentecostalismo) y de las peculiaridades que el movimiento pentecostal ha ido adquiriendo progresivamente en nuestro país. Esto se puede verificar desde el estilo administrativo y las formas de organización hasta la liturgia y las rígidas exigencias éticas de la denominación, aunque en la actualidad muchas de estas características tienden a modificarse.

 

El periodo de Alzamora llegó a su fin en el año de 1967. Luego vendrá toda una etapa de fuerte presencia misionera extranjera. Aunque los conflictos internos no estuvieron ausentes en este periodo, será en el siguiente cuando aquellos se sentirán con mayor fuerza. El principal motivo de dichos conflictos estará en las diferencias entre las perspectivas de trabajo entre los misioneros y los obreros nacionales, aunque las ambiciones personales también estuvieron presentes[16].

Entre mayo y diciembre de 1967, un “cuerpo de tres”, nombrado por la Superintendencia Continental de la ID se encargo de la administración de la iglesia. Los que los formaban eran: Carlos Landeo, Luis Ruiz y Fred Sylvester (norteamericano). Este último solo estuvo ese año por la impresión negativa de los obreros nacionales tuvieron de él. Un hecho importante ese  año fue la incorporación de la ID al seno del CONEP (Concilio Nacional Evangélico del Perú), aunque ya desde antes la colaboración intereclesial  estuvo presente en el trabajo de la organización.

 

3.                 CONFLICTOS Y CRECIMIENTO (1968 – 1980)

 

Luego que en 1967 había llegado el misionero norteamericano Fred Sylvester, el año siguiente dos misioneros más, Paul Childers (EEUU) y Roberto Rodríguez (Puerto Rico),  vinieron al país para asumir los dos cargos más importantes y mejor remunerados de la organización: Supervisor Nacional y Director Educacional respectivamente[17]. Este periodo marcará el  retorno de los miembros extranjeros quienes desde la época de French habían estado ausentes de la organización. Fue una etapa de crecimiento numérico, de construcciones, pero también de conflictos.

 

En los tres años de administración Childers, se edificó la mayor parte de la infraestructura que hasta hoy posee la IDP. Se adquirió la casa en la Av. San Felipe (Jesús María) que continúa sirviendo como sede de la oficina central de la denominación y como residencia del Supervisor Nacional; se constituyeron gran parte de los ambientes del Instituto Bíblico Gamaniel (IBG) y los templos de las congregaciones en Pucallpa, Pativilca, La Victoria, Tupac Amaru, La Flor, San Martín, Platanal, Llamellín, etc.[18]. Es curioso observar que todas estas edificaciones tenían un diseño arquitectónico similar que podría denominarse como el “estilo de la IDP”; un estilo que sigue los modelos de los templos de la denominación en EEUU. La investigación de la arquitectura eclesiástica puede ser muy valiosa para analizar y comprender influencias, estilos y actitudes en las iglesias.

 

No solo los modelos arquitectónicos nos dicen algo sobre la ideología que heredó la IDP, sino también la ubicación de los templos y propiedades que la organización adquirió. Estos se ubican generalmente en zonas rurales o pueblos pequeños o, de lo contrario, en los suburbios o márgenes de las ciudades. Creemos que el hecho de que la denominación en EEUU haya surgido y crecido entre campesinos blancos[19] y se haya desarrollado en zonas marginales influyó decisivamente para que la IDP adquiriera caracteres similares.

 

A pesar del relativo avance que la iglesia experimento en el periodo de Childers (1968 – 1970), el carácter dominante de este misionero provocó que pronto los conflictos internos se presentaran. Aunque los pretextos para encender las hostilidades de los dirigentes nacionales contra el Supervisor fueron diversos (manejo financiero, agresiones verbales, clientelaje), detrás de todo estaba en la incompatibilidad entre dos formas de pensamientos distintas: el misionero que exigía sumisión absoluta y no creía ser responsable ante los nacionales, y los dirigentes del país quienes interpretaban a la rebeldía abierta como un mecanismo para hacer respetar sus derechos[20]. Debemos agregar que no siempre lo que motivaba a los obreros nacionales era el sentimiento nacionalista sino que muchas veces, detrás de ese eslogan, había profundas rivalidades y ambiciones personales.

 

En 1970, luego de dos años de conflictos menores, el Cuerpo de Consejeros en pleno (Luis Ruiz, Carlos Landeo, Silvio Vigo, Alfonso Gómez y Juan Fonseca) se declaró hostil a la administración Childers. Ante ello, la misión norteamericana emitió un fallo favorable al Supervisor ocasionado que el Cuerpo de Consejeros y otros obreros mostrarán su disconformidad; el Supervisor  por su parte, amenazó con la expulsión de todos ellos. Este fue el momento en el que fue más claro el peligro de la división en la denominación. Finalmente, Alejandro Portugal, el conflicto amainó. En septiembre de ese año, Paul Childers dejó el cargo de Supervisor[21]. Para muchos de los protagonistas y testigos de estos incidentes, estos marcaron una tradición de desconfianza y sospecha entre los ministros que se esta tratando de erradicar poco a poco.

 

En la educación teológica, el IBG siguió consolidándose como el único centro de preparación de pastores de la Iglesia. Las gestiones de Roberto Rodríguez, Paul Stewart, Luis Martínez y Adolfo Rosín fueron benéficas para elevar el nivel del Instituto. Entre los estudiantes de esa época estuvieron: Leonardo García, Guido Rojas, Alejandro Ramírez, Justa Saavedra, Máximo Chávez, Hilda Ariza, Víctor Pacheco, Dina Cuéllar, Rolando Cuéllar y otros quienes cumplen responsabilidades importantes en la organización[22].

 

El crecimiento de la iglesia se vio afectado cuando en mayo de 1970 el terremoto afectó en numerosas congregaciones en Ancash. En Yungay casi toda la membresía murió y los templos fueron destruidos; mientras que en Chingas, Chiquián, Pativilca, Trujillo, Chimbote y el resto del Callejón de Huaylas, las iglesias sufrieron pérdidas de templos, casas pastorales y vidas humanas. Sin embargo, fue una ocasión útil para que las iglesias de otros países demostraren solidaridad con la iglesia del Perú (llegaron ayudas de Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil, EEUU, del Comité de Misiones y de particulares)[23].

 

La administración de Enrique Aldama no vio cambios fundamentales en la organización sino que se dedicó a consolidar el proceso de crecimiento iniciado con Childers y a establecer la unidad. El avance en el nivel académico del IBG fue evidente luego de la llegada de Adolfo Rosín, pastor argentino que dio especial énfasis a este aspecto durante su administración. En esos años, el aumento del número de congregaciones obligó a aperturar nuevos distritos eclesiásticos (Lima Norte y Lima Sur), a iniciar un programa de institutos bíblicos rurales para ofrecer una formación teológica a obreros de zonas rurales con un nivel académico mínimo y a regionalizar el trabajo juvenil. Igualmente, se inició un trabajo coordinado con el sector femenino de la iglesia (Departamento de Trabajadoras Voluntarios). Las construcciones y la inauguración de nuevos templos continuó (Supe, Pativilca, Villa María, Gorgorillo, Huacchis, Yungay, Florencia de Mora) así como la incursión en nuevos proyectos como la dirección de un programa radial en Chimbote[24].

 

En 1974, luego de tres años de administración, Enrique Aldama salió del país. Esos años, los distritos eclesiásticos eran los siguientes: Lima Sur, Lima Norte, Pativilca (Lima), Chimbote, Yungay, Chingas, Chiquián, Canchabamba, Carhuaz, Huacchis (Ancash), Trujillo (La Libertad) y Pucallpa (Ucayali). El bastión de la iglesia seguía estado en Ancash.

En septiembre de ese año llegó el misionero chileno Oswaldo Orellana para asumir la Supervisión Nacional. Sin embargo, su estancia en el cargo fue muy corta pues por su nacionalidad el Gobierno Peruano, en esos momentos en tensas relaciones con Chile, le negó la autorización para permanecer en el país. Algunos testimonios cuentan que Orellana vivió casi como un ilegal en el país y a fines de 1975 tuvo que salir. Los Libros de Actas no registran ninguna reunión durante este periodo. A pesar de todo, se concretó la afiliación de algunas nuevas congregaciones a la denominación.

 

Así, un grupo de iglesias independientes de Cerro de Pasco, bajo la dirección de Pío Campos, Emilio Vidal, Lorenzo Jiménez y otros más se afiliaron a la IDP. También en Tingo María, algunas congregaciones de la Iglesia Maranatha se afiliaron a la IDP aun en zonas rurales de esa provincia, ésta ya tenía algunas pequeñas iglesias. Ya en la administración siguiente, se concretó la afiliación de una congregación independiente en Huánuco y otra en Trujillo. Todo esto significó una renovada ampliación de la membresía de la IDP[25].

 

Vista la difícil situación de la administración de la denominación en 1976 llegó al país el misionero mexicano Silvestre Pineda. Su gestión representó un periodo de transición hacia una iglesia más autónoma y con una visión más amplia. En el aspecto administrativo este periodo tuvo algunas transformaciones. En la Convención Nacional de 1978, en el pleno de los pastores aprobó el plan de la reforma  de los Estatutos siguen vigentes hasta hoy. De la misma manera, aunque ya en 1969 se habían discutido, se planificaron formas para implementar un plan de seguro y jubilación pastoral. Lamentablemente para los pastores esa ha sido una discusión eterna pero infructuosa. Finalmente, los diversos Departamentos reactualizaron  sus planes de trabajo a fin de acomodarse a la nueva situación de la iglesia.

Influenciada por las corrientes de iglecrecimiento, la IDP inició un nuevo énfasis en los programas de evangelismo. Se nombró un Comité Nacional de Evangelismo y un Evangelista Nacional. En 1978, acorde con los planes de la Iglesia de Dios a nivel mundial, se acordó duplicar la membresía en el plazo de una década y dar un nuevo impulso al análisis estadísticos. Sin embargo, las estadísticas son bastante desconfiables pues casi una tradición el hecho de que al culminar la administración de un Supervisor las estadísticas muestran una numerosa membresía que el Supervisor ingresante disminuirá con el justificativo de mostrar una membresía real[26]. 

 

En el ámbito educacional, esta etapa puede clasificarse como la del apogeo del Instituto Gamaliel. En 1980 se registró 48 alumnos internos, la mayor cantidad alcanzada en todos los años de existencia de la institución. Igualmente, en 1978, se inauguró el Instituto  Bíblico Berea, programa de educación teológica nocturna[27].         Esta década de crecimiento y conflictos culminó con algo de esto último. Nuevamente, a semejanza de lo sucedido en 1970 con Childers, se presentaron fricciones entre el Supervisor y el Cuerpo de Consejeros (Luis Ruiz, Máximo Chávez, Juan Fonseca, Silvio Vigo y Leocadio García). Las críticas de la dirigencia nacional tenían que ver con la manera como el Supervisor administraba la iglesia. Finalmente, el impase empezó a superarse hacia 1980[28].

 

Como un hecho notable, no resulta interesante observar que el interés en la historia de la denominación empezó a sugerir también en esta época. En 1979 se aprobó una propuesta para elaborar una reseña histórica de la denominación pero, como muchos otros  acuerdos, solo quedó ello: un acuerdo. El interés de revisar el pasado puede interpretarse como un primer paso hacia la madurez (evidentemente no el único) y hacia la búsqueda de una identidad propia.

 

4.                  ENTRE LA CRISIS Y LA APERTURA (1981 – 1990)

 

La década del 80 en el Perú es recordada como la de la violencia. Fueron años de apogeo del terrorismo y de toda su secuela de inseguridad y terror. Además, fue una década de profunda crisis económica que evidentemente afecto a la IDP. Al igual que otras denominaciones evangélicas, la IDP tuvo que soportar privaciones económicas, persecuciones en zonas rurales afectadas por el terrorismo, problemas en zonas productoras de coca y otras situaciones más. Ante ello, la iglesia tuvo que pensar seriamente en que la misión no se reducía únicamente a la proclamación verbal del Evangelio sino también tenía que ver con la proyección hacia  las necesidades integrales de la sociedad.

 

Por otro lado, también fue un periodo de la apertura pues a consecuencia de lo anterior y de la propia maduración de la iglesia, la denominación empezó a incursionar en aspectos y espacios nuevos. Así por ejemplo, producto del ascenso social de las familias convertidas, los profesionales en la iglesia empezaron a ser cada vez más numerosos. De la misma manera, algunos pastores y líderes empiezan a incursionar con mayor frecuencia en espacios interdenominacionales como AGEUP, CONEP, Sociedad Bíblica, TFL, etc. el contacto fluido con realidades eclesiales distintas fue sin duda provechosa.

 

En 1984, Silvestre Pineda, el último Supervisor extranjero que tuvo la IDP, dejó el cargo. Ese mismo año retornó al Perú quien fuera Director Educacional entre 1975 – 1980; Silvio Vigo. La gestión de Vigo duró hasta 1994. Hacia 1982 se inició un proyecto para establecer una panadería en el local del IBG; aunque los objetivos eran bastante provechosos para la institución, luego de un periodo de funcionamiento tuvo que suspenderse por falencias administrativas. De la misma manera, a mediados de la década se inició el programa de los Centros Estudiantiles (COMPASSION) en algunas iglesias para  dedicarse a la atención integral de niños y adolescentes (alimentación, reforzamiento escolar, formación moral y espiritual). Aparte de esto, en otras congregaciones se iniciaron diversos programas para hacer frente a la crisis económica (comedores, creación de fuentes de trabajo)[29].

 

En la educación teológica, los que dirigieron el IBG entre estos años fueron: Leocadio García (1981 – 1983), Máximo Chávez (1984 – 1987) y Juan Fonseca (1988 – 1989). Las generaciones más recientes de pastores fueron formadas en esta década. En 1986 se inició un programa de Instituto Bíblico por Extensión a fin de alcanzar a aquellos obreros imposibilitados de trasladarse a la capital. Finalmente, en 1988, empezaron a realizarse los Seminarios Pastorales de Verano que hasta ahora subsisten.

 

En esta etapa, la iglesia se consolidó en aquellas zonas donde ya tenía presencia: Lima, Barranca, Pativilca, Chimbote, Trujillo, La sierra de Ancash, Cerro de Pasco, Huánuco, Tingo María y Pucallpa. Hacia 1987 se inició una obra en Ica bajo la dirección de Néstor Murga, y en Arequipa se consolidó una iglesia que se había iniciado a inicios de la década. Estas fueron las únicas nuevas zonas a donde la IDP incursionó con éxito relativo. En Lima, con la idea de establecer una congregación en una zona céntrica de la ciudad, se adquirió en 1989 un terreno en el distrito de Magdalena para edificar allí un templo central de la IDP en Lima. Es un proyecto que hasta ahora no ha podido concretarse. Los trabajos de los departamentos (Esfuerzo Juvenil, Ministerios Femeniles, Caballeros) continuaron realizándose sin mayores transformaciones, apoyando las iniciativas de trabajo de las congregaciones locales y a nivel distrital.

 

Hacia 1990 las condiciones en el país empezaron a cambiar. Ese año la Iglesia Evangélica tuvo que enfrentarse por primera vez al fenómeno de una participación masiva de sus miembros en la política nacional. La IDP no tuvo ajena en ese proceso y partición masiva de  sus miembros en la política nacional. La IDP no estuvo ajena en ese proceso y participó activamente en él[30]. Esta década crítica culminó demostrando que la IDP tiene que aprender mucho en el camino de enfrentarse a nuevas situaciones y desafíos.

 

5.                  HACIA UN NUEVO MILENIO: LOS NUEVOS DESAFIOS (1991)

 

 La década del noventa, para el país y el mundo, apareció con nuevas situaciones. El renovado auge del neoliberalismo político y económico, la  crisis de las ideologías tradicionales, el avance tecnológico, la renovación de la religiosidad, etc., marcan la  era que vivimos hasta ahora.

 

En 1991, la IDP realizó uno de los cambios más trascendentales de su historia: la creación de un territorio autónomo en la sierra de Ancash, el lugar donde por mucho tiempo la denominación tuvo su bastión, se convirtió en el territorio Nor-Andino. Aunque las estadísticas no son muy confiables para determinar el crecimiento de la iglesia, la creación de una entidad autónoma sí nos muestra que hubo crecimiento  pues la atención centralizada desde Lima ya no era suficiente para atender a todo el país. El primer Supervisor fue Santiago  Malpartida (1991 – 1992) y luego Seidel Chávez quien desde 1993 sigue atendiendo en la región hasta hoy[31].

 

En el aspecto de la educación teológica hay una decadencia. El programa internado del Seminario Bíblico Gamaliel (SBG) se clausuró en 1993 aunque el trabajo ha continuado a través de Seminarios de Verano, programas de extensión, módulos para Bachilleratos y cursos diversos. Sin embargo, la carencia de un centro permanente para la formación de nuevos pastores esta influyendo para que exista una escasez de obreros disponibles para atender las congregaciones.

 

Al igual que en otras denominaciones evangélicas, en la IDP se presentó el desafío del movimiento carismático. Aparecido inicialmente en el sector juvenil, su influencia se ha extendido notablemente en la denominación obligando a los sectores dirigentes a reflexionar seriamente en ello. Recientemente, el tema de la identidad pentecostal ha cobrado fuerza en la denominación tanto por la incursión carismática como por el propio proceso de maduración de la iglesia. Es un debate que en el futuro definiera la situación y el nuevo rostro de la IDP[32].

 

 

 

 

 

 

SEGUNDA PARTE

HACIA UN ANALISIS DE LA MISIOLOGIA DE LA IGLESIA DE DIOS

 

 

1.      FORMAS DE CRECIMIENTO

 

Es muy difícil distinguir “modelos” de expansión en la IDP por que, al igual que en otras denominaciones pentecostales, no ha tenido una estrategia planificada de expansión misionera. Todas han sido formas espontáneas y creativas. Mencionaremos los dos principales mecanismos de crecimiento.

 

a.      Afiliación

 

Una de las principales formas como creció la denominación ha sido la afiliación de congregaciones o grupos de diversas denominaciones a la organización. En los orígenes fue un pastor de la IEPM con un grupo de creyentes el que formó la primera congregación de la IDP[33]. De allí podríamos enumerar las siguientes anexiones:

-          3 congregaciones de Chaglla – Huánuco (independientes).

-          5 congregaciones de Chimbote (IEPM).

-          Varias congregaciones de Barranca (IEPM).

-          4 congregaciones del Callejón de Huaylas (Iglesia de Cristo).

-          1 congregación de Tingo María (Iglesia Maranatha).

-          1 congregación de Huánuco (independiente).

-          4 congregaciones de Cerrro de Pasco (independientes).

-          1 congregación de Platanal – Trujillo (independiente).

Aunque algunas de ellas no permanecieron (Chaglla y Chimbote)[34], otras sí fueron los núcleos a partir de los cuales creció la denominación (Lince, Barranca, Callejón de Huaylas, Huánuco y Cerro de Pasco).

 

b.      Fundación

 

Este fue el otro mecanismo que permitió la expansión de la denominación. Consistió en la labor, a veces heroica, de obreros que iban a “campos blancos[35] y formaban nuevas congregaciones. Los obreros que hacía este trabajo carecían de remuneración económica y por lo general iban por sus propios medios al campo misionero. La IDP no tuvo un programa o un departamento de Misiones. La evangelización la hicieron hombres y mujeres convencidos de que Dios los había llamado arriesgándose a pesar de todo tipo de privaciones por la causa del Evangelio. Es lo que algunos autores han denominado “misión al ras del suelo[36].

 

Así, a pesar de su nexo con una iglesia norteamericana, la labor de formación de nuevas congregaciones fue enteramente hecha por los obreros nacionales. Los  misioneros que vinieron fueron solamente administradores de la obra. Solo recientemente se han presentado el caso de misioneros extranjeros que viene apoyados por alguna iglesia de su país a fundar nuevas congregaciones[37].

 

Al referirnos a los métodos específicos que utilizó la IDP para realizar la evangelización, podemos mencionar: campañas evangelísticas, apertura de anexos, aires libres, distribución de literatura, etc.[38]. En ello podemos observar que la IDP ha conceptualizado la “misión” sólo en términos de proclamación verbal del Evangelio y dejado de lado la acción social. En general, se ha medido el “éxito” de los pastores en términos numéricos y no tanto por la concreción de una misión integral. Podemos decir que la IDP ha tenido un énfasis iglecrecentista frustrado. Ha medido el éxito en categorías numéricas pero no ha crecido numéricamente. Tal vez por allí podemos hallar en elemento de juicio para explicar las limitaciones misiológicas de la IDP[39].

 

2.      ZONAS DE DESARROLLO

 

Desde un inicio, la IDP se ha desarrollado principalmente en zonas rurales. En las etapas más recientes ingresó a las ciudades, sin embargo, allí estableció sus congregaciones en los suburbios y márgenes[40]. Solo a partir de mediados de la década del ochenta, la denominación ha planificado estrategias para llegar las ciudades importantes y a zonas céntricas de ellas. En la década del cuarenta, sólo había una congregación de Lima (Lince) y un grupo de las iglesias en la sierra huanuqueña (Chaglla), dirigidas por Roberto Fuster. En los cincuenta se perdió el contacto con estas últimas pero se afiliaron grupo de otras denominaciones pentecostales en el Callejón del Huaylas, Chingas, Chimbote, Pativilca, y la  misma denominación abrió iglesias en Supe, Chiquián y Lima(La Victoria y San Martín) formándose las bases sobre las cuales se desarrollaría posteriormente.

 

En los sesenta se iniciaron congregaciones en Trujillo y Pucallpa; y en Lima, aparecieron las iglesias de La Flor, Tupac Amaru, Villa María y Collique. Todas estas estaban ubicadas en los llamados “pueblos jóvenes”, zonas donde los inmigrantes andinos se asentaron. En la sierra ancashina se continuó con la expansión hacia Huacchis, Piscobamba y Marañón. Fue una década en la que se consolidó lo ya obtenido. En los setenta se verificó un nuevo periodo de expansión. Se afiliaron congregaciones independientes de Cerro de Pasco, Huánuco y Tingo María. En Lima, se consolidaron las obras establecidas, incluyendo a Ermitaño y Pamplona que ya desde la década pasada se habían formado.

 

En los ochenta, la IDP ingresa a Ica, Arequipa e Iquitos y consolida una obra iniciada en Apurímac. En Lima aparecen congregaciones en Zapallal, Villa de los Reyes, Ancón, Planeta, Chosica y algunas más. Finalmente, en los noventa, se ha continuado consolidando estas iglesias. En Lima se han iniciado algunas congregaciones pequeñas y se adquirió el local en el distrito de Magdalena, zona residencial de la ciudad, donde se proyecta construir el templo central de la denominación en Lima. En provincias se ha incursionado a Huancayo y recientemente a Chiclayo. Luego de la creación del territorio Nor–Andino parece que el desarrollo de la iglesia en la sierra de Ancash ha vuelto a recuperar la vitalidad de antaño.

 

Así, reiteramos la idea de aquella IDP es, por la ubicación de sus congregaciones, de rural y marginal; rural porque en provincias se ha desarrollado en pueblos y ciudades pequeñas en zonas totalmente rurales; y marginales porque en las ciudades se ha asentado en suburbios populares. La IDP no tuvo una estrategia programada para alcanzar a los sectores populares del país, sino que su propia naturaleza y los medios de los que disponía le llevaron a esas zonas. La denominación, al igual que  otras iglesias pentecostales, alcanzó a aquellos grupos en el catolicismo y las denominaciones evangélicas tradicionales no pudieron atender. En ese sentido, creemos que la IDP, sin planificarlo, cumplió con llevar el evangelio a los desposeídos y olvidados[41].

 

Recientemente, por la influencia de las corrientes misiológicas del Iglecrecimiento y por el ascenso social de sectores urbanos en la IDP, se está planificando alcanzar a las capas medidas y profesionales de las ciudades. Es una intención que esta estudiando pero que hasta ahora ha tenido resultados limitados por la falta personal, medios económicos y continuidad en el trabajo. Creemos que las estrategias de expansión, la denominación no debe olvidar sus raíces y posibilidades vigentes.

        

3.      LOS PERSONAJES

 

Es muy difícil mencionar a todos aquellos obreros, misioneros, líderes y laicos que tuvieron parte de la responsabilidad en la edificación de la IDP. El trabajo sería doble si intentamos hacer una caracterización de los mismos. Solo mencionaremos algunos elementos de juicio.

 

Los obreros y pastores de la IDP nunca se han caracterizado por su excelencia académica, su preparación profesional ni sus buenos ingresos económicos, exceptuando a algunos. El cuerpo pastoral más bien ha sido pobre y poco preparado. Sin embargo, han sido personajes que utilizando lo poco que tenían, supieron extender el Evangelio a lugares que otros, tal vez más preparados, no han podido llegar. El personal ministerial durante mucho tiempo fue pobremente remunerado; solo la mística y el compromiso lo llevó a cumplir su misión[42].

Es interesante observar que en la denominación, la influencia de determinados personajes en el ámbito nacional, regional y local, ha influido notablemente para delinear las características de la membresía. Por ello, al hacer un análisis de la historia, nos es difícil prescindir de Supervisores y Directores pues sus gestiones, en la mente de cualquier pastor consultado, forma una etapa homogénea (la época de Alzamora o la época de Pineda). Lo mismo ocurre a nivel local, pues cualquiera de los miembros se refiere a la “época” de tal o cual pastor. Además, es interesante observar que en el ascendiente y la impronta que algunos personajes en algunas zonas los convierten en una suerte de “patriarcas” de la iglesia[43].

 

Podríamos continuar, pero dejaremos este análisis para una ocasión posterior esperando el aporte de aquellos que “hicieron” la historia. Solo nos queda agregar que mientras la IDP no comprenda que su principal riqueza es su gente y no aprenda a valorarla, será muy difícil que pueda enfrentar con éxito los desafíos que se le presentan ahora.

 

4.      LO EXTRANJERO Y LO NACIONAL EN LA IDENTIDAD DE LA IDP

 

Aunque nos falta mucho para brindar un análisis concluyente sobre el grado de influencia que la IDP recibió de su nexo con Cleveland (sede mundial de la  ID), sí podemos dar algunas pistas que en investigaciones posteriores profundizamos.

 

En primer lugar, la IDP no es estrictamente una iglesia nacional. Su organización, doctrina, prácticas, currículos de estudio, etc. se rigen por lo que Cleveland dispone. El Supervisor Nacional es nombrado en EEUU sin que en el cuerpo ministerial nacional tenga la posibilidad de expresar su parecer al respecto[44]. De la misma manera, gran parte de las iniciativas de evangelización, educación e incluso reestructuración, parten de allá[45].

 

Sin embargo, tampoco podemos considerarla como el producto de una misión extranjera. Por ejemplo, mientras que las A. D. tuvo a lo largo de su historia 91 misioneros extranjeros, la IDP solo tuvo 10[46], con una permanencia muy efímera (en promedio sólo tres años de permanencia). La obra ha sido levantada por los obreros nacionales quienes, a pesar de ser mayoritariamente formados en modelos extranjeros, al llegar al campo de misión tuvieron que utilizar formas creativas para enfrentar los desafíos que se les presentaron. Además, exceptuando a los pastores, la identificación de la membresía  con el origen norteamericano de la denominación es muy limitada.

 

En un segundo lugar, debemos resaltar que no ha existido en la denominación una actitud negativa hacia su herencia extranjera. Los conflictos que se produjeron (con Childers y con Pineda) tuvieron más que ver con la personalidad dominante del misionero y las ambiciones personales de algún nacional que con una reacción homogénea de los obreros contra  la herencia extranjera de la IDP. Por el contrario, el cuerpo ministerial frecuentemente ha resaltado su conexión con una organización mundial con cierto orgullo[47].

Esto nos lleva a considerar que, en la IDP, la influencia misionera ha sido y es muy fuerte, sin necesidad que haya habido un a masiva presencia de misioneros. Sin embargo, es una influencia que, a partir de nuestra perspectiva misiológica, puede incluso considerarse como beneficiosa pues la misiología de la IDP no solo tiene ausencias, sino que también posee elementos rescatables que se originan justamente desde dicha influencia misionera. Como ejemplo de ello proponemos la naturaleza popular y marginal de la denominación, pues fue la herencia misionera la que optó por ese camino. De la misma manera, la aprobación del ministerio de la mujer, la apertura la trabajo denominacional  y la ausencia de cismas importantes son también parte de esa impronta misionera.

 

Sería muy interesante analizar los énfasis teológicos y misiológicas de la denominación pues allí existen elementos de juicio para evaluar las particularidades de la identidad de la IDP, pero dejaremos ello para un trabajo posterior. Sólo diremos algo sobre la praxis ética  de la denominación. Como cierto autor lo ha afirmado, a América Latina no llegó el pentecostalismo negro norteamericano con su actitud crítica frente a la problemática socio – político de la sociedad, sino que vino el pentecostalismo blanco, más conservador en su actitud en la sociedad[48]. La ID en EEUU nació entre campesinos blancos como una ideología política conservadora y una teología fundamentalista con poco interés en fomentar el cambio social. Así por ejemplo, en el caso del racismo, aunque la denominación es interracial, desde 1912 ha predominado la separación de las congregaciones negras del trabajo general de la denominación, siendo aquellos subordinados al liderazgo blanco[49]. La idea de santidad, fundamental en la doctrina de la denominación, se circunscribió al cumplimiento de un riguroso código ético individualista.

Ese modelo se ha reproducido en la IDP. A lo largo de su historia, para muchos de sus dirigentes, ha sido más escandaloso ver el cabello corto en una mujer que observa el problema en la injusticia social. Incluso, en algunas ocasiones, el accionar político de algún ministro o miembro fue censurado en el argumento de evitar “las cosas de este mundo[50]. Si revisamos las agendas y acuerdos de las diversas convenciones y reuniones generales de la IDP, se observa que se han dedicado exclusivamente a asuntos administrativos y a la planificación de actividades intraeclesiales; no ha habido acuerdo o declaraciones ante todos los diversos problemas del país. La acción social se ha reducido el convenio que la IDP hizo con algunas organizaciones para – eclesiásticas (ALFALIT, Misión Basilea, COMPASSION, MISIUR, etc.) y a casos aislados de congregaciones con cierta proyección social (talleres, comedores populares, centros de trabajo)[51]. Sin embargo para no hacer una evaluación anacrónica, también es verdad que la ética social de la IDP ha sido semejante a la del resto de las iglesias evangélicas del Perú. Incluso tal vez ha tenido un compromiso mayor que algunas de ellas.

 

En la actualidad existe en la denominación una renovado interés por rescatar su herencia y también por incluir en su práctica elementos que han estado ausentes de ella como la preocupación social. En ello es importante resaltar el contenido de la Declaración de Quito de la ID de Sudamérica. Esta incluye acápites sobre:  “El creyente y la política”, “la responsabilidad social de la Iglesia” y “las enfermedades contemporáneas (SIDA)”[52]. De la misma manera, el Plan General al 2000 de la IDP incluye declaraciones sobre preocupación por nuestra sociedad y la proyección a la comunidad[53]. Es un paso adelante en la recuperación de un aspecto de la misiología de la denominación había olvidado.

 

Existe una generación, que podríamos llamar “vanguardista”, la que, a partir de su contacto con otras realidades eclesiales y con un fuerte compromiso con su denominación, esta tratando de promover aquellos cambios que permitan a la IDP, reafirmando su herencia, cubrir los vacíos que su perspectiva misiológica aun mantiene. De la misma manera, el creciente contacto con la ID de otros países latinoamericanos, está permitiendo que la experiencia recogida por estas, contribuya al proceso de apertura de  la denominación y le de un carácter cada vez más latinoamericano. Utilizando términos antropológicos, la IDP