El autor se
graduó en Historia en la Universidad Federico Villarreal y estudia en el
programa de postgrado de Historia, en al Universidad Católica de Lima. Dirigió
el área de investigación en la Dirección de Proyección Misionera y Estudios
Religiosos del Concilio Nacional Evangélico del Perú. Preside la Comisión de
Historia de la Fraternidad Teológica Latinoamericana, en el área Andina.
Historia y
Misión son dos realidades teológicas muy importantes que el Pueblo de Dios que
vive la fe evangélica en América Latina, necesita considerar con bastante
seriedad, hoy en día. De estas dos categorías teológicas, aquella que menos se
ha tomado en cuenta para la formación y acción teológica evangélica ha sido la
Historia. Hemos descuidado nuestra formación histórica, no sólo en el campo de
la teología, sino también en la filosofía y en la ciencia histórica. Por esta
razón, todavía no hemos logrado establecer una reflexión y un diálogo coherente
e interdisciplinario entre la teología de la historia, la filosofía de la
historia y la ciencia histórica.
Uno de los
grandes vacíos de la teología latinoamericana es el tratamiento del tema de la
historia. Nos ha faltado reflexionar más sobre la naturaleza, el sentido y el
fin de la historia a partir de una correcta exégesis y hermenéutica bíblica, en
diálogo con el pensamiento filosófico de la historia contemporánea y con las
corrientes científicas de la historia. Los pocos teólogos que han reflexionado
sobre este aspecto, lo han hecho en diálogo con los filósofos de la historia y
con los historiadores positivistas y funcionalistas, que en su tiempo tuvieron
vigencia académica, pero que en la actualidad ya la han perdido[1].
Reconociendo la
urgencia de llenar un vacío, debemos revisar nuestra teología de la historia y
replantear el diálogo con los interlocutores más válidos del pensamiento
filosófico y científico actual.
Respecto al
presente temática, “La ciencia histórica
y la misión de la Iglesia”, consideramos importante afirmar que concebimos
a la Iglesia como un agente histórico del Reino de Dios que existe para el
cumplimiento de la Misión Integral. La historia de la Iglesia es, entonces, la
historia del Pueblo de Dios en Misión. Y la misión de la Iglesia es la misión
del pueblo de Dios en la historia.
Perspectiva Bíblica
En la
introducción a su historia de Jesús el evangelista Lucas nos brinda una
brillante síntesis del significado de la historia y de la investigación
histórica, que resulta muy pertinente para nuestro tiempo. En este párrafo
Lucas, como historiador, articula en forma concisa algunas notas distintas de
la historia, que todo creyente, y con mayor razón todo historiador cristiano,
necesita considerar.
Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden las
cosas que entre nosotros han sido ciertísimas, tal como nos lo enseñaron los
que desde el principio lo vieron con sus ojos y fueron ministros de la palabra,
me han parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas
las cosas desde su origen, escríbelas por orden, oh excelentísimo Teófilo. (Lucas 1: 1–4
Traducción Reina Valera 1960)
En esta introducción a su Evangelio, Lucas nos habla sobre
el significado de la historia. ¿Qué es la historia? Para Lucas el término
“Historia” tiene varias connotaciones. La historia está relacionada con la
existencia real de la vida humana. La historia no es una ilusión, no es una
fantasía, no es un espejismo. La historia está relacionada con “las cosas que... han sido ciertísimas”
(v.1). la historia es algo que se ve “con
los ojos” (v.2), que se experimenta y se vive. La historia es real, es la
vida misma.
En segundo
término, la historia implica un esfuerzo por interpretar la vida, por entender
el significado de la existencia humana y sistematizar la experiencia vivida.
Por eso, Lucas nos va a decir que ya muchos han intentado “poner en orden la historia” (v.1), cada uno desde una perspectiva
particular y con una contribución especial. Pero, como historiador, Lucas se
siente atraído y apasionado por “investigar”
y “escribir” (v.1) esta historia.
El término
historia hace referencia también a la responsabilidad humana. Si bien es cierto
que Dios está actuando en la historia, y el relato revela que Lucas ve esto con
mucha claridad, el escritor quiere resaltar que la historia también implica el
compromiso y la iniciativa del ser humano. Una de las tareas más difíciles y a
la vez desafiantes, que Dios ha encomendado al ser humano, es la construcción
de la historia. Esa historia que sucede “entre
nosotros” (v.1), es la historia social donde cada uno tiene una
responsabilidad que cumplir.
En cuarto
lugar, para Lucas la historia está vinculada con la tradición oral, es decir
con el esfuerzo colectivo por transmitir una verdad histórica de una generación
a otra. Una de las fuentes principales a las que recurre Lucas para conocer y
entender la historia es la oralidad: “tal
como nos lo enseñaron los que desde el principio lo vieron con sus ojos”
(v. 2). Aquí cobra mucha importancia la memoria colectiva de los pueblos, que
se va transmitiendo en forma oral.
En quinto
lugar, Lucas relaciona la historia con un proyecto social alterno. Cuando dice
“y fueron ministros de la palabra”
(v.2) está haciendo referencia a aquellos seres humanos que fueron testigos de
la vida y del ministerio de Jesús. Estos hombres y mujeres asumieron un
proyecto histórico concreto diferente a las ideologías y estilos de vida
predominantes. Asumir un proyecto histórico implica por lo menos dos cosas:
tener claro el derrotero hacia donde debemos encaminar nuestras vidas, y asumir
un compromiso real con ese planteamiento alterno. Y estos primeros testigos del
cristianismo eran hombres y mujeres con ideales claros y con una militancia
concreta.
Por otro lado, en
este mismo texto bíblico, el autor nos presenta siete criterios importantes que
han de ser tomados en cuenta en una investigación histórica. Nos dice Lucas en
primer lugar que ha hecho una investigación histórica con criterio totalizador,
pues ha “investigado... todas las cosas”
(v.3). Esto quiere decir que se ha preocupado por conocer los diversos factores
que intervinieron en los procesos históricos
que relata y las diversas fuentes documentales disponibles para tal
propósito.
Otro criterio
con el cual trabajó Lucas es la responsabilidad y el cuidado que puso en el
proceso de su investigación. El no es un irresponsable que usa y abusa de la
historia; todo lo contrario, Lucas es un historiador que investiga “con diligencia” (v. 3).
La tercera
característica que debe tener una investigación histórica es la búsqueda de una
comprensión panorámica de los hechos, que ayude a ubicarnos en el proceso
histórico correspondiente. Esto requiere que podamos lograr una visión
histórica retrospectiva, analizado los hechos “desde su origen” (v. 3).
En cuarto lugar, una investigación histórica debe lograr un buen grado de sistematización. La historia no consiste en una acumulación y apilamiento de datos sobre datos, sin un criterio ordenador. Al describir la forma en que escribió Lucas nos enseña que investigación y su transcripción se debe hacer con “orden” (v.3)
Además de esto,
los beneficios de una investigación histórica serían muy limitados si junto a
ella no se promueve la pedagogía histórica. El historiador no solo debe
investigar sino también debe hacer docencia, “para que se conozca bien” (v. 4).
El sexto
criterio con el que debe realizarse una investigación es el que podemos
llamar mentalidad científica y ética.
Por sobre todo, lo que se busca es veracidad y objetividad. Al historiador le
interesa llegar a la verdad de los hechos y que se “conozca bien la verdad de las cosas” (v. 4).
Finalmente,
como producto de la investigación y de la docencia el historiador debe
contribuir a la afirmación de la identidad histórica. A Lucas
le interesa que su lector, Teófilo, reafirme “las cosas en las cuales (anteriormente) había sido instruido” (v.4). La historia nos ayuda a conocer y a
reforzar nuestra identidad.
Perspectiva Histórica
El entendimiento de lo que es la historia se fue forjando
durante el largo proceso de la propia historia de la humanidad. Sólo para tener
una visión panorámica haremos una apretada síntesis de lo que podríamos llamar
“la historia de la historia”.
En el mundo
antiguo fue el griego Tucídides quien concibió la historia como algo más que un relato, mientras que
Herodoto, con toda su erudición, no
pasó del relato. Polibio se interesó en el conocimiento de la verdad histórica,
mientras para Julio César la escritura de la historia se redujo a las memorias.
Durante la Edad Media, la historia no pasó de las anécdotas y de la descripción
de acontecimientos “oficiales”. En la Edad Moderna la historia se convirtió en
un instrumento de propaganda.
Es a partir de
Voltaire que se busca que la historia empiece a tomar distancia del relato para
intentar una explicación de los hechos.
Ya en el siglo XIX, con Michelet, el pueblo se convierte en el protagonista de
la historia. Al mismo tiempo, Leopold Von Ranke y la escuela positivista hacen
de la historia un conocimiento erudito y crítico de sus fuentes, si bien la
historia se reduce a hechos individuales.
Fue a partir de
1929, en Francia, con la creación de lo que se ha denominado “escuela de los
annales” (Marc Bloch, Lucien Febvre y Fernand Braudel), que la historia cobró
un nuevo rumbo, dejando de ser episódica y relato literario, para buscar la
comprensión y la explicación del pasado en todas sus dimensiones. Surge así la
noción de interdependencia de la historia con las demás ciencias sociales, la visión
totalizadora de la historia y la búsqueda de un enfoque sintético en la
historia.
Como se puede
advertir, el significado del término historia se ha ido forjando a través del
tiempo y continúa en ese proceso de definición, con sus naturales marchas y
contramarchas. Al tomar esto en cuenta, se entiende por qué si queremos
analizar hoy el significado de “la historia de la Iglesia”, tenemos que pensar
nuevamente en el dato elemental de qué es lo que estamos entendiendo por
historia.
En el mundo
académico se han ensayado múltiples y variados conceptos del término historia.
No es nuestra intención dilatar el tiempo pasando revista a todos ellos[2].
Lo que nos parece importante es una distinción que debemos a Pierre Vilar[3],
quien sostiene que al hablar de la historia
podemos estar denotado dos cosas bastante distintas y a la vez complementarias:
la materia–histórica y el conocimiento–histórico.
¿Qué es la
materia–histórica? La historia en esta acepción constituye el objeto de la
historia; es decir, son los acontecimientos, los hechos, la praxis, o la
violencia humana. En este sentido, la historia se constituye, se hace o, mejor dicho, se vive.
¿Qué se
entiende por conocimiento – histórica es la interpretación de la materia –
histórica. Es el esfuerzo por entender y explicar los hechos sociales. En este
sentido, la historia se interpreta,
se analiza, se piensa, se razona, mejor aún, se escribe.
No parece muy
acercada la forma en que Josep Fontana[4] reúne estos dos conceptos y concibe a la
historia como análisis del pasado (conocimiento–histórico) y proyecto social
(materia – histórica). Otros, para evitar equívocos, hacen una distinción entre
historiografía (conocimiento – histórico) e historia (materia – histórica).
Perspectiva Misiológica
Al pensar en las cuestiones relativas a la misión cristiana
y la historia, cabe que como iglesia nos hagamos la pregunta ¿cómo nos
encontramos a nivel de nuestra materia–histórica y de nuestro
conocimiento–histórico? O mejor dicho, ¿cómo estamos haciendo la historia y cómo
la estamos escribiendo? Esto nos lleva a una interrogante que es en realidad
anterior: ¿Será pertinente para la vida y misión de la Iglesia que nos
interesemos por la manera cómo estamos haciendo la historia y cómo la estamos
escribiendo? ¿Dónde radica la importancia de esta cuestión?
Nuestra respuesta no puede ser otra que un sí, unívoco y rotundo. No exageramos si decimos que la
historia (materia y conocimiento) es importante y, aún, vital para la vida y misión de la Iglesia. La historia es útil
para la misión porque nos permite entender y explicar la realidad. Gracia a la
historia se puede interpretar el sentido y la dirección de los acontecimientos históricos
eclesiales. Así como somos parte integrante
de nuestra sociedad y estamos condicionados por factores sociales,
también somos parte de la historia y estamos condicionados por factores
históricos; pero aún más, somos producto de nuestra historia y hacedores de la
misma.
La historia también nos es útil para el ejercito de un
eficiente trabajo misionero porque, entre otras cosas, nos ayuda a lograr un
buen entendimiento de nuestra tierra de misión, nos permite efectuar un
esfuerzo coherente de contextualización de nuestra práctica y mensaje, y
facilita la encarnación y la transformación de la realidad que Dios nos ha
dejado como tarea. La historia también es una herramienta científica que nos es
útil para el desarrollo de un trabajo hermenéutico contextual, porque nos
permite un mejor conocimiento de la realidad escritural y de la realidad actual.
Y ambos son condiciones indispensables en todo proceso hermenéutico.
La iglesia y el Reino de Dios son realidades históricas, que
no sólo se definen teológicamente sino también se define históricamente. Esto
quiere decir que la historia como ciencia contribuye a un mejor conocimiento de
la naturaleza y misión de la iglesia y del Reino de Dios. Conocer a Dios
también es una experiencia histórica, porque Dios se ha revelado en la
historia, se ha encarnado en la historia, actúa en la historia, y es Señor de la
historia. No podemos conocer correctamente a Dios si desconocemos la historia.
Así la historia viene a ser también un instrumento útil para conocer
adecuadamente a Dios y su obra a favor de la humanidad. En consecuencia, el
trabajo misionero, para ser fiel a la Palabra, necesita estar enraizado en la
historia, encarnado en el desarrollo de los procesos históricos.
Todo trabajo misionero requiere de una visión retrospectiva
de la historia de la sociedad en la cual se realiza la misión. Esa visión nos
llevará a asumir nuestra tarea misionera actual como la continuación de los
procesos históricos eclesiásticos anteriores, que a su vez gestan nuevos
procesos históricos más amplios. Además nuestro trabajo misionero también
requiere de pertinencia y eficacia histórica. La fidelidad al Evangelio y la
eficacia del Evangelio se complementan y son dos elementos necesarios en toda
labor misionera. Esto quiere decir que para el ejercicio de la misión
necesitamos contar con una visión actualizada de la realidad y con una visión
prospectiva de la historia. La obra misionera requiere de eficacia histórica y
de proyección histórica. Además, la misión cristiana debe estar en sintonía con
el mundo en el cual nos toca vivir, que es nuestro presente histórico. Y para
eso es fundamental el diálogo y la interacción activa entre la iglesia y la
sociedad.
DIAGNOSTICO DE LA
HISTORIA
La Historia que se
hace y se vive
Si como ya hemos afirmado, la materia–histórica son los
acontecimientos o la vida, la materia–histórica de la iglesia será, por
excelencia, su praxis eclesial o su vida de misión. Abrigaríamos una pretensión
muy grande si intentáramos hacer en este pequeño trabajo un diagnóstico de la
materia-histórica de la iglesia: su identidad, su vida y misión, su grado de
fidelidad y compromiso con el Reino de Dios y con nuestra humanidad.[5]
Lo que sí podemos hacer es un análisis del estado en que se encuentran los
soportes o mecanismos que hacen posible la conservación de la memoria colectiva
de lo que hacemos y vivimos, y su transmisión a las generaciones posteriores.
Ya que el ser humano fue creado con capacidad de memoria,
ésta es una característica consustancial de la naturaleza e identidad humana,
que le permite dominar la historia y el cosmos. Con justa razón Elio Lodolini
afirma que “sin la memoria, no existiría
una sociedad organizada: es más (...), podemos decir que sin la memoria no
existiría la vida”[6].
Por otra parte, Eduardo Hoornaert nos dice que el judaísmo y el cristianismo
son “religiones de la memoria”[7]
porque rememoraron en forma permanente dos hechos históricos: el éxodo y la
vida de Jesús (Éxodo 13: 3; 1 Corintios
11: 13 – 26). Herbert Butterfield sostiene que estos hechos hicieron posible la
formación de la conciencia histórica y de la memoria colectiva del judaísmo y
del cristianismo[8]. De esta
manera, la memoria se convierte en una actividad religiosa fundamental
(Deuteronomio 4:9 y 6:6–9; Éxodo 17:14; Isaías 63:7; Malaquías 3:16; Esdras
2:62 y 4:15; 1 Corintios 16:12; Hebreos 11; Judas 17).
El pueblo evangélico en el Perú es heredero de una materia
histórica de larga data que necesitamos conocer, entender y valorar. Esa
materia–histórica pervive gracias a la memoria
oral (tradición oral), a la memoria
escrita (tradición textual) y a la pedagogía
histórica (tradición docente). Pero, hoy en día, estos tres mecanismos de
transmisión de la historia se encuentran atravesando por una crisis de larga
duración. Con el paso de los años el pueblo de Dios olvidó la gran importancia
que tiene el transmitir y salvaguardar la memoria colectiva de las nuevas y
múltiples experiencias significativas que fue el obtenido a través de la
historia. Esta situación se ha traducido en un proceso de anomia eclesial cuyo
producto final es una iglesia desmemoriada, que cada vez más va perdiendo su
identidad y el sentido correcto de su vida y misión.
La frágil memoria oral del pueblo evangélico se ha ido
diluyendo con el transcurrir de los años, con la pérdida irreparable de las
primeras, segundas y terceras generaciones, y a medida que se le ha dado muy
poca o casi nula importancia. Es así como, queriéndolo o no, hemos ido
destruyendo poco a poco la memoria colectiva del pueblo evangélico. Si no
preservamos la memoria oral y colectiva del pueblo evangélico, correremos el riesgo de constituirnos en una
iglesia desmemoriada, que padece de amnesia histórica. Si no prestamos un
cuidado especial por lo que se puede llamar nuestra historia oral, memoria oral
o archivo oral, perderemos progresivamente el recuerdo de nuestra praxis
histórica (materia – histórica). Y eso es algo muy grave.
El pensamiento autorizado de uno de los mejores
historiadores que tuvo el Perú nos dice que el oficio del historiador dista
mucho del sedentarismo y requiere de un trabajo indispensable de historia oral:
Resulta difícil
ignorar oficio de historiador en un país como el Perú, sin los rasgos del
viajero. Además, porque en un país con una tradición oral tan fuerte y con un
desdén por la escritura, hay que valerse de otros testimonios. Por eso aquí
resulta imprescindible lo que se ha dado en llamar el “archivo de la palabra”:
la recopilación y conservación de testimonios orales, donde se grave la voz de
personajes que han tenido u papel
protagónico, pero también de estas “gentes sin historia”[9].
La memoria escrita
o textual de un pueblo son sus archivos. La humanidad, desde sus inicios, ha
procurado salvaguardar su memoria a través de los archivos, porque los
consideró como un mecanismo de preservación de mayor seguridad que la tradición
oral. A partir de la reflexión y de la práctica archivística, autores como
Jenkinson, Lodolini, Schellenberg, Cortés, Tanodi, Heredia, Favier y muchos
más, han intentado sistematizar los conceptos y la teoría archivística, sin
llegar todavía al manejo de criterios homogéneos. La archivista peruana Vilma
Fung Henríquez presentó el primer Seminario Nacional de Archivos Históricos una
ponencia titulada “Terminología
Archivística” donde define a un archivo en los siguientes términos.
Institución y órgano administrativo que acopia, protege,
administra, describe y sirve la
documentación que genera la actividad humana. También designa el fondo
documental organizado en condiciones de ser consultado[10]
Son tres los
elementos básicos y fundamentales que definen el concepto de archivo: 1) Los
documentos, 2) La organización, 3) El servicio. Estos tres se complementan y
mantienen una relación de interdependencia muy estrecha. El archivista César
Gutiérrez llama a esto la “trilogía unitaria y orgánica”:
No se concibe archivos sin documentos ni sin
organización ni tampoco sin servicio (...). la fórmula es simple (bueno, no tan
simple): documentos + organización + servicio= archivo. Lo demás corre por
cuenta de los teóricos, quienes ya han gastado mucha tinta en afanes
conceptuales[11].
En cuanto a los historiadores de profesión, esperaríamos de
ellos un acompañamiento cercano en todo este proceso de trabajos de historia,
aportando sus conocimientos profesionales y aprendiendo de la experiencia de
los demás historiadores.
El estado de la
memoria escrita del pueblo evangélico peruano no es distinto al estado de la
memoria oral. La memoria textual además de sufrir la pérdida, el deterioro y la
destrucción, se encuentra atomizada, desorganizada y descuidada. Es muy
lamentable constatar que, a pesar de las muchas décadas de presencia evangélica
en el país, en nuestras iglesias no existen archivos históricos sólidamente
constituidos.
Como ya hemos
citado, César Gutiérrez, nos dice que todo archivo implica organización. La
organización es una condición sine–qua–non para que exista archivo, como él lo recalca:
No cabe hablar de archivos desorganizados, pues ambos
términos son contradictorios. Al conjunto caótico de documentos puede llamarse
como propiedad montón, grupo, acopio, ruma, círculo o apiñamiento, pero nunca
archivo[12].
Esto quiere decir que, en el mejor de
los casos, lo que tenemos en el pueblo evangélico son depósitos de documentos.
Y en dichos depósitos lo que más prevalecen son papeles viejos, polvorientos y
desorganizados; que soportan la agresión destructora de los insectos, la
humedad y nuestra propia indiferencia, que cada vez los van arruinando más.
Este estado de cosas es producto de nuestra falta de conciencia histórica, la
cual contribuye a acentuar aún más la crisis de identidad y de formación
histórica de la comunidad evangélica.
El argentino
Aurelio Tanodi, reflexionando sobre la situación de los archivos eclesiásticos
en América Latina, nos dice algo que muy bien se puede aplicar a la comunidad
evangélica en nuestro país:
Hay en América Latina (...) muchos archivos
eclesiásticos desorganizados, prácticamente inaccesibles a los investigadores,
sin ningún auxiliar de investigación, sin inventarios, etc. Las funciones de
las autoridades religiosas y su principal preocupación por lo trascendental, su
servicio directo a Dios y la obligación inalienable de profesar y cumplir las
enseñanzas de Jesucristo, no les permite preocuparse mucho de los archivos o
documentos, los cuales son para ellos algo secundario[13].
De esta manera, la carencia, falta de organización, y
descuido de la historia escrita, tradición textual, memoria textual o archivos
textuales, nos están llevando a la pérdida progresiva del recuerdo de nuestra
praxis histórica (materia – histórica).
El trabajo de
pedagogía o docencia histórico–eclesial ha sido muy limitado. Por lo general,
los contenidos formativos que se transmiten en las congregaciones locales
evangélicas son muy pobres y casi inexistentes en cuanto a vida e historia de
la iglesia se refiere. En los centros de formación teológica, salvo muy raras
excepciones, se brinda muy poca información, formación y promoción de la
historia y de la investigación histórica. Aparte del “Primer Seminario de
Historia de la Iglesia en el Perú”
(Lima, agosto de 1979) y del “Seminario Presencia Evangélica en el Perú”
(Lima, octubre de 1981) –auspiciados y promovidos por el CONEP– los esfuerzos
siguientes fueron muy esporádicos, circunstanciales y con poca organización y
capacidad de convocatoria[14].
A riesgo de ser
reiterativos, debemos afirmar que sin un trabajo de historia oral, sin archivos
organizados y sin pedagogía histórica, nuestra vivencia histórica se pierde en
el olvido y corremos el riesgo de ser una comunidad desmemoriada, es decir, con
crisis de identidad histórica. Aquí tenemos, entonces, tres prioridades
fundamentales para todo historiador evangélico.
La Historia que se Interpreta y se Escribe
La crisis de la historia oral, la crisis de los archivos y
la crisis de la docencia histórica, no sólo afecta a la materia–histórica sino
también al conocimiento–histórico. Sin archivos, sin historia oral y sin
docencia histórica el conocimiento y la investigación de nuestra historia se
hace infructuosa y superficial. Por eso, mucho de la producción historiográfica
actual sobre la iglesia evangélica se ha limitado a la formulación de hipótesis
de trabajo, al desarrollo de intuiciones y especulaciones, a la elaboración de
ensayos descriptivos, que tienen como base documentación secundaria o
periférica.
La producción
historiográfica del protestantismo evangélico en nuestro país ha sido impulsada
por dos grupos de personas. Al primer grupo denominaremos historiadores por afición. Dentro de este grupo haremos la
distinción entre los historiadores por afición–empíricos
y los historiadores por afición–académicos.
Un segundo grupo, lo conforman aquellos a quienes catalogaremos como historiadores por profesión.
La historia por
afición son aquellos que, sin tener una formación profesional en el campo de la
historia se han interesado en el estudio y el análisis de la presencia
evangélica en nuestro país. Es importante señalar con claridad desde un
principio, que tener afición por la historia es uno de los requisitos básicos y
fundamentales para ser un buen historiador.
Los
historiadores por afición–empíricos son aquellos cuyo interés por la historia
es de carácter testimonial, descriptivo y, muchas veces, pastoral. Generalmente
han hecho una lectura anecdótica, apologética, biográfica y narrativa de los
hechos eclesiásticos y denominacionales; predominando así un tipo de historia
desarraigada de la realidad[15].
Este sector, bastante amplio de historiadores, ha realizado una historia que
podemos denominar como historia popular de la iglesia evangélica. El mayor
aporte de ellos consiste en el esfuerzo que han realizado por salvaguardar
cierto tipo de información pretérita de la historia de la iglesia, que es muy
valiosa para el entendimiento de nuestra historia.
Los
historiadores por afición–académicos son aquellos que, teniendo una formación
académica en otro campo del saber científico, se han interesado en el estudio y
el análisis de la historia de la iglesia en nuestro país[16].
Este segundo sector es más elitizado y, en su generalidad, ha carecido de una formación académica formal en el
campo de la historia y carecen de una comprensión adecuada del instrumental
científico de la historia. Por eso, aunque utilizan lenguaje académico sus
trabajos evidencian el uso de metodologías que no están claramente definidas.
Constituyen una suerte de mixtura confusa de criterios e instrumentos
procedentes de varias vertientes: un poco de historicismo tradicional, un poco
de antropología, un poco de sociología, u poco de periodismo y mucho de
intuición, de sentido común o buenas intenciones. La comprensión teórica y
metodología de la historia ya no acepta hoy en día un exclusivo egocéntrico de
cualquier disciplina de las ciencias sociales. Por el contrario, ahora se aboga
por la promoción de trabajos interdisciplinarios. Pero esto no es el que
percibimos en la producción historiográfica
eclesial.
El aporte de
este segundo sector de historiadores de afición consiste en el trabajo que han
efectuado de recolección y conservación documental[17]
y en el esfuerzo que han desplegado de comprensión y sistematización de la historia
de la iglesia. La producción de estos esfuerzos mayormente han sido
monografías, ensayos y otros trabajos de corte académico. Sobre ellos diríamos
que no basta cambiar el lenguaje y los personajes de la historia, para que la
historiografía se renueve. Es fundamental una transformación y precisión
metodológica que responda a los requerimientos de una historiografía
científica.
Cabe aquí
mencionar la observación que hace un
historiador bastante crítico, cuya perspectiva historiográfica no
compartimos necesariamente:
La ausencia de trabajo de campo, una cultura
sociológica débil, y una ausencia de reflexión crítica caracterizan a un sin
número de obras producidas tanto por sectores protestantes como católicos
progresistas o por antropólogos y sociólogos quienes han sustituido a la
comprensión crítica por la lucha ideológica y la pereza intelectual[18].
Los
historiadores evangélicos de profesión son todavía un pequeño equipo emergente
de jóvenes con formación profesional en el campo de la historia. A ellos se les
presenta el desafío tremendo de volcar sus conocimientos profesionales y
científicos al campo de la historia eclesiástica, con un sentido profundamente
científico y misionero. Diríamos que se espera un futuro más promisorio para la
historiografía eclesiástica evangélica. Tanto los historiadores de afición como
los historiadores de profesión –al fin y al cabo historiadores– tienen la
responsabilidad de asumir su labor con un sentido de misión, que exige una gran
cuota de cooperación, superación, diálogo y humildad.
De otro lado,
últimamente, ha surgido un buen número de intelectuales y científicos sociales
no evangélicos, que se han interesado por el estudio y la investigación de la
vida e historia de la iglesia evangélica en nuestro país[19].
También existe una cantidad respetable de trabajos e investigaciones históricas
en idioma extranjero, sobre la iglesia evangélica en el Perú, que todavía no
han sido suficiente conocidas ni divulgadas en nuestro país[20].
Ahora bien, ¿hacia dónde debe apuntar la labor del
historiador evangélico?
La misión del historiador evangélico
Un error bastante común consiste en considerar que la única
función del historiador es ser un “ratón de archivo o biblioteca”. Pero la
misión del historiador cristiano, como la de cualquier otro historiador, es
mucho más amplia y profunda. A nuestro entender, el historiador evangélico debe
estar comprometido a impulsar los siguientes aspectos:
1.
Realizar un trabajo sistemático de registro,
recopilación, conservación y utilización
de la historia
y tradición oral del pueblo evangélico, como un complemento necesario de la
documentación escrita. Pero este trabajo debe realizarse a partir de los
archivos institucionales de las denominaciones y no a partir de iniciativas
particulares, los centros de documentación o investigación evangélicos deben
estar al servicio de las iglesias y sus
denominaciones, y no deben servirse de
ellas ni tampoco “saquearlas”. En todo trabajo de historia oral se deben
utilizar técnicas bien definidas, apropiadas y sistemáticas.
2.
Trabajar en la organización de los archivos
denominacionales y de las demás
instituciones
nacionales evangélicas. El historiador evangélico, como todo historiador, debe
tener una formación especializada en archivística y debe convertirse en un
productor de, por lo menos, una cultura archivística elemental al anterior de
la comunidad evangélica.
3.
Trabajar docentemente con la comunidad evangélica
sobre teología de la historia,
contenidos de
historia, contenidos de historia eclesiástica y metodologías y técnicas de
investigación histórica. Debe priorizar la formación del liderazgo eclesial,
con la finalidad de fomentar una vigorosa identidad y conciencia histórica.
Paralelamente se debe hacer un trabajo académico – docente con los historiadores de afición, con el
propósito de ayudarles a asumir una clara teología de la historia, una
metodología coherente, altamente académica y adecuada a nuestro campo de
análisis eclesial.
4.
Promover y realizar una historiografía eclesiástica
cuyas características
fundamentales
sean las siguientes: una historia reflexiva y crítica, una historia contextual
y comprometida con la realidad, una historia contextual y comprometida con la realidad, una historia con metodologías y
técnicas científicas y con un lenguaje accesible a los sectores populares, una
historia total y totalizadora, y una historia forjada en equipos disciplinarios
e interdisciplinarios.
Desafíos para la Iglesia
Pueden impulsar los trabajos de historia a través de tres
grandes líneas de acción:
1. Archivos
Históricos: En estos archivos buscaríamos
trabajar la documentación
oral, la
documentación textual y otras modalidades de documentación.
A corto plazo,
es necesario formar, organizar e implementar un archivo histórico
interdenominacional que sea representativo de las iglesias evangélicas. También
se debe hacer un esfuerzo para brindar asesoría, orientación y capacitación a
las denominaciones e instituciones evangélicas nacionales para la formación y
organización de sus archivos eclesiásticos.
A mediano
plazo, debemos promover y apoyar la formación y organización de archivos
centrales en las denominaciones e instituciones evangélicas. Y, a la vez,
debemos promover, organizar y coordinar una red nacional de archivos evangélicos.
A largo plazo,
debemos organizar el Archivo Nacional Evangélico del Perú. y en todo este
proceso es posible contar con el apoyo y la asesoría técnica del Archivo
General de la Nación y de un grupo selecto de archiveros de nuestro país.
2. Pedagogía
Histórica: En este campo, algunas de las
actividades que podemos
promover son:
Eventos de capacitación sobre metodologías y técnicas de investigación
histórica y sobre los métodos de investigación histórica y sobre los métodos de
investigación socio – religiosa. También se puede programar eventos de
formación sobre teología de la historia y su relación con los marcos teóricos
de las ciencias sociales.
Otra labor que se puede promover es la inclusión de cursos
sobre historia de la iglesia latinoamericana y peruana en todos los centros de
formación teológica de nuestro país. Además, sería de mucho provecho retomar
nuevamente la afirmación de nuestra identidad evangélica, con una amplia
convocatoria al liderazgo eclesial. En este sentido, debemos trabajar para
producir audiovisuales sobre la
historia de la iglesia en nuestro país, como instrumentos que contribuyan a
forjar una cultura histórica básica en la comunidad evangélica.
3.
Investigación
Histórica: Debemos promover la investigación histórica a
varios
niveles. El primer nivel, es el de la historia que escribe
por afición: Debemos contribuir para que los trabajos que se escriben de manera
intuitiva cuenten con instrumentos técnicos del mundo académico. A partir de
esta conjunción de elementos debemos seguir promoviendo la producción de
biografías, autobiografías, memorias, crónicas y monografías sobre historias
denominacionales. Estos aportes son necesarios para el mejor entendimiento de
nuestra historia. También debemos
impulsar el mejoramiento de los trabajos de historia que se han
realizado con mayores criterios académicos. Aquí necesitamos afinar nuestras
metodologías y técnicas de investigación y promover la formación de equipos
interdisciplinarios de investigación sobre nuestra historia.
En cuanto a los historiadores de
profesión, esperaríamos de ellos un acompañamiento cercano este proceso de
trabajos de historia, aportando sus conocimientos profesionales y aprendiendo
de la experiencia de los demás historiadores.
[1] Algunos de los teólogos que han promovido un diálogo entre la teología y la historia son Paul Tillich, Wolfbart Pannenberg, Jürgen Moltann y Emil Brunner. Se puede consultar: Brunner, Emil. La esperanza del hombre. Bilbao, Desclée de Brouwer, 1973; p. 37 – 47, 89 – 96, 121 – 139. Fraijó, Manuel. El sentido de la historia (Introducción al pensamiento de Pannenberg). Madrid, Ediciones Cristiandad, 1986; p. 93–203. Moltmann, Jürgen. Esperanza y planificación del futuro (perspectivas teológicas). Salamanca, Sígueme, 1971, 490 p. Wolfhart Pannenberg,. Cuestiones fundamentales de teología sistemática, Salamanca, Sígueme, 1976; p. 211–275. Wolfhart Pannenberg, La revelación como historia. Salamanca, 1977, Sígueme, 190 p. Paul Tillich,. Teología Sistemática (la vida y el espíritu – la historia y el reino de Dios). Salamanca, Sígueme, 1984, Tomo III, pp. 357–506.
[2] Para hacer un estudio más sobre este tema se puede consultar: Marc Bloch, Introducción a la historia. México, Fondo de Cultura Económica, 1981; 157 p. Fernand Braudel, La historia y las ciencias sociales. Madrid, Alianza Editorial, 5° ed., 1980; 222 p. Ciro Cardoso, Introducción al trabajo de la investigación histórica (conocimiento, método e historia). Barcelona, Editorial Crítica–Grupo Editorial Grijalbo, 2° Ed., 1982; 218 p. Ciro. F.S. Cardoso, y H. Pérez Brignoli, Los métodos de la historia (Introducción a los problemas y técnicas de la historia demográdica, económica y social). México, Grijalbo, 1977; 438 p. E.H. Carr, ¿Qué es la historia? Barcelona, Seix Barral S.A.; 217 p. Lucien Febvre, Combates por la historia. Barcelona, Ariel, 2° ed., 1971; 246 p. Josep Fontana, La historia. Barcelona, Salvat, 1975; 143 p. Paul Kirn. Introducción a la ciencia de la historia. México, U.T.E.H.A., 1961; 146 p. Jacques Le Goff y Pierre Nora, Hacer la historia. Barcelona, Laia, 2° ed., 1985, Vol., I,II y III. Carlos M. Rama, Teoría de la historia (Introducción a los estudios históricos). Madrid, Tecnos, 3° ed. rev., 1977; 207 pp. Adam Schaff, Historia y verdad (Ensayo sobre la objetividad del conocimiento histórico). México, Grijalbo, 1976; 325 p. Pierre Sorlin y otros. El método histórico (Conversaciones internacionales sobre historia). España, EUNSA, 1974; 182 p. Manuel Tuñón de Lara, Por qué la historia. Barcelona, Savat, 1985; 64 p.
[3] Pierre Vilar, Iniciación al vocabulario del análisis histórico. Barcelona, Crítica-Grijalbo, 2ª. Ed., 1980, p. 17-27.
[4] Josep Fontana, Historia: Análisis del proyecto social. Barcelona, Crítica–Grijalbo, 1981; 370 p.
[5] Puede consultarse los trabajos de: Samuel Escobar, “Identidad, Misión y Futuro del Protestantismo”, Diálogo Teológico, N° 13, CBP, p. 59–89; Estuardo McIntosh,. “Historia e identidad en el Perú” (mimeo.), Lima, 1989, 10 p.
[6] Elio Lodolini, “El problema fundamental de la archivística: La naturaleza y el ordenamiento del archivo” En: César Gutiérrez Muñoz (comp.) Archivística, Lima, PUCP, 1991; p. 30.
[7] Eduardo Hoornaert, La memoria del pueblo cristiano. Buenos Aire: Paulinas, 1986; p. 15 – 16.
[8] Idem.
[9] Alberto Flores Galindo, “El historiador y los archivos en el Perú”. Textos para el estudio archivístico; p. 30 – 31.
[10] Vilma Fung Henríquez, “Terminología Archivística”. Primer Seminario Nacional de Archivos Históricos (acuerdos y recomendaciones), p. 55.
[11] Gutiérrez Muñoz, César “Archivos desorganizados”. Textos para el estudio archivístico, p. 13–17.
[12] Ibid., p. 21
[13] Aurelio Tanodi, Manual de Archivología Hispanoamericana (Teoría y Principios); p. 185.
[14] Es digno de valorar el aporte significativo que han brindado, en el campo de la docencia histórica, nuestros hermanos: Samuel Escobar, Estuardo McIntonsh, Oswaldo Fernando y Tito Paredes, desde sus respectivos centros de labor.
[15] Algunos de estos trabajos son: Santiago Huamán Pumayalli, La Historia del Movimiento Pentecostal del Perú. Lima, “El gallo de oro”, 1982; 124 p.; Eloy González Alvarado, Presencia misionera en el norte del Perú. Lima, Universo, 1986, 95 p.; Leif Erickson, Más allá de la aurora. Lima, Asambleas de Dios del Perú, 1989, 128 p.; Saúl Barrera, Orígenes y desarrollo de la Iglesia Evangélica Peruana (100 años de ministerio). Lima, Alborada, 1993; 141 p.; y otras más.
[16] Algunos ejemplos: Oswaldo Fernández Giles, El tranfondo de las misiones en el norte peruano, 1903 – 1948. Tesis (Lic.), Lima: SEL, 112 p.; Rubén Zavala Hidalgo, Historia de las Asambleas de Dios del Perú. Lima, Dios es Amor, 1989, 189 p.; Juan B.A. Kessler, Historia de la Evangelización en el Perú. Lima, El Inca, 1987, 436 p., Rubén E. Paredes, El Protestantismo en Ecuador y Perú. Tesis (PhD) Berkeley: Universidad de California, 1980; 151 p.; y otros más.
[17] Los trabajos de: Juan B.A. Kessler, Relatos personales de Juan de Dios Guerrero. Lima, El Inca. S/f, 98 p.; Seminario Evangélico de Lima-Departamento de Misiología. “Apuntes para la historia del movimiento Evangélico en el Perú durante el primer siglo de la República. 1821 – 1921” (mimeo.) por Juan Ritchie; McIntosh, Estuardo, “Documental de la Historia Evangélica del Perú (Las primeras cartas de Carlos Bright)” (mimeo.), Lima, octubre de 1992, 22 p.; Samuel Escobar, Precursores Evangélicos (cartas de Diego Thomson y memorias de Francisco Penzotti) Lima, Presencia, 1984, 172 p.; y otros.
[18], Jean-Pierre Bastian, Historia del protestantismo en América Latina. México, 1990, CUPSA; p. 14.
[19] Manuel Marzal, Los caminos religiosos de los migrantes en la gran Lima (el caso de El Agustino), Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, 1988, 452 pp.; María Elvira Romero San Martín, El protestantismo anglosajón en el Perú. Tesis (Dr.) Lima: Pontifica Universidad Católica del Perú, 1974, 172 p; Velinda Angulo Neira y otros, Origen, desarrollo y situación actual del “Movimiento protestante en Cajamarca 1921 – 1982”. Tesis (Lic) Cajamarca: Universidad Nacional Técnica de Cajamarca, 1982.; José Marín Gonzáles, “Los protestantes y los indígenas (estado y misioneros en la selva peruana)”. Ibero–Americana, Nordic Journal of Latin American Studies, Vol XIX: 2, 1989, p. 19–45; Wilfredo Kapsoli, “La pedagogía del protestante”. Peruanistas Contemporáneos I (temas, métodos, avances). Lima, CONCYTEC, 1988, p. 152–158; Pilar García Jordán, “Progreso, inmigración y libertad de cultos en el Perú a mediados del siglo XIX”. Cristianismo y Sociedad, México, 1989, año XXVII – 1, N° 99, p. 25–44; Paul Kuhl, “Posibles aliados: metodistas y francmasones en la lucha por la libertad de cultos en Perú” Cristianismo y sociedad, México, 1989, año XXVII – 1, N° 99, pp. 45 – 58;, Rosa del Carmen Bruno–Jofré, “La introducción del sistema lancasteriano en Perú: liberalismo, masonería y libertad religiosa” Cristianismo y Sociedad, México, 1987, año XXV–2, N° 92, pp. 49–68; Javier Gutiérrez Neyra, Los que llegaron después. Estudio del impacto cultural de las denominaciones religiosas no católicas en Iquitos, Lima, 1992, CETA, 381 p.; Yolanda Rodríguez Gonzáles, Una aproximación al estudio del Protestantismo en el Perú. Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú. Tesis (Bach) y otros.
[20] Wenceslao Oscar Bahamonde, The Establishment of Evangelical Chistianity in Peru (1822 – 1900). Hartfort–Conecticut, 1952, Tesis Doctoral, 183 p.; Rosa del Carmen Bruno-Jofré, Methodist Education in Peru. Social Gospel, Politics, and American Ideological, and Economic Penetration. 1888 – 1930. Ontario – Canada, Wilfrid Laurier University Press, 1988; 226 p.; Alison Cakebread, The Protestant Missions and Churches in Peru and Chile (With Special Reference to the Problems of Division, Nationalism and Native Ministry). Goes, Oosterbaan y le Cointre, 1967, 369 p.; Phyllis Thompson,, Dawn Beyond the Andes. Londres R.B.M.U., 1969, 3° Edición, 126 p.